La primera oración del escrito de Barack Obama que presenta su nueva revisión estratégica dice que los estadounidenses se han enfrentado con frecuencia a "momentos de transición" como "la hora de cambio arrollador" de hoy. Tan estereotipado lenguaje hace llorar.
La historia se mofa de un cliché: Al abandonar el Jardín del Edén, Adán dijo a Eva, "Cariño, vivimos en una era de transición". La primera oración del escrito de Barack Obama que presenta su nueva revisión estratégica dice que los estadounidenses se han enfrentado con frecuencia a "momentos de transición" como "la hora de cambio arrollador" de hoy. Tan estereotipado lenguaje hace llorar - y desear evaluaciones rigurosas, léase no sentimentales, de la tradición de la política exterior norteamericana.
Hay una a mano. Tomado en serio, "El Síndrome de Ícaro: historia de la arrogancia estadounidense", de Peter Beinart, podría ahorrar unas lágrimas a la nación.
En el mito griego, Ícaro recibe alas en forma de plumas fijadas con cera a un bastidor de madera. También recibe una advertencia: No volar demasiado alto no sea que el sol derrita la cera. En medio del éxtasis del ascenso, se olvida, y se precipita al vacío.
Beinart distingue tres variantes de arrogancia de altos vuelos en la política exterior durante los 100 últimos años, empezando por Woodrow Wilson, que inyectó la fe de los progresistas en el dominio de la política nacional a la política exterior. Él encarnó la arrogancia de la razón, que supuestamente podía llevar la paz permanente, por "científica", a Europa. El profesor de ciencias políticas dijo a su esposa que debían redactar una constitución para su matrimonio, y a continuación "hacer estatutos de nuestro gusto". Como presidente, creó el Inquiry, un grupo de intelectuales que hacían uso de la razón para revisar las fronteras que la historia había dejado a las naciones del Viejo Mundo. El Coronel Edward House, ayudante de Wilson, dijo que el presidente y él recibieron el informe del grupo Inquiry el 2 de enero de 1918: "En realidad nos pusimos a trabajar a las diez y media y terminamos de rehacer el mapa del mundo, como nosotros lo habríamos trazado, a las doce y media".
Wilson dijo, en la práctica, "detened el mundo, América quiere bajarse". En realidad dijo que Estados Unidos "no consentirá bajo ninguna circunstancia vivir en un mundo gobernado por la intriga y la fuerza". Y así es que la próxima guerra se presentó, el día 1 de septiembre de 1939, mientras los dignatarios estaban en Ginebra, lugar de nacimiento y cementerio de la Liga de Naciones, descubriendo una estatua de Wilson.
La Primera Guerra Mundial -- alias la guerra que iba a poner fin a todas las guerras -- se acompañó de la Segunda Guerra Mundial, y después de la Guerra Fría y de la presunción de la dureza. América, que Beinart dice necesita "un menú de analogías más amplio", veía ahora cada desafío de la política exterior a través del prisma retrospectivo de Múnich:
"En 1939, pocos políticos estadounidenses creían que la invasión Nazi de Varsovia constituyera un grave peligro para Estados Unidos. Hacia 1965, muchos creían que no podíamos convivir con una invasión norvietnamita de Saigón. Durante la década de los 80, los estadounidenses vivieron pacífica, aunque agitadamente, con miles de cabezas nucleares soviéticas apuntando hacia nosotros. Hacia 2003, muchos tertulianos de Washington decían que cualquier arma biológica o química iraquí nos ponía en peligro mortal".
La creencia de posguerra en que la "credibilidad" estadounidense era crucial, perecedera y estaba en el aire en crisis remotas "significaba", dice Beinart, "que los lugares sin importancia eran importantes después de todo", y convirtió la doctrina de la contención en un impulso desaforado, y por tanto arrogante. A medida que el recuerdo de la contención de Corea se desvanecía -- un recuerdo que ayudó al Presidente Eisenhower a dirigir una política exterior prudente -- la (según la formulación del discurso de investidura de John Kennedy) "trompeta" instando a América a "pagar cualquier precio, llevar cualquier peso" la llevó a preocuparse quizá excesivamente por la implicación en Guatemala y la República Dominicana.
Tras el colapso de la Unión Soviética, la supremacía de América -- ideológica, militar y económica: la Bolsa duplicó su cotización entre 1992 y 1996 -- y la supremacía alimentó, dice Beinart, la arrogancia del dominio. Utilizando sólo la fuerza aérea, América obligó a Serbia a retirar sus efectivos de parte de Serbia -- provincia de Kosovo. En Bosnia, América actuó en respuesta a la limpieza étnica. En Kosovo, sostiene Beinart, América actuó para prevenir la limpieza étnica: "Kosovo abrió de un codazo una puerta intelectual, una puerta que George W. Bush abrió de par en par cuatro años más tarde, cuando citó la 'prevención' para justificar su invasión de Irak".
Los sucesos pinchan con el tiempo lo que Beinart llama "burbujas de arrogancia". Esto podría pasar dentro de poco en Afganistán, donde Obama mantiene una alianza incómoda cogida con alfileres con aquellos a los que Beinart llama "los conservadores del dominio".
La envidia generacional ha empujado, cree Beinart, a la búsqueda por parte de algunos estadounidenses de Hitlers a los que no apaciguar. El aburrimiento nacido del éxito de la Guerra Fría les hizo descubrir algunos.
La arrogancia es un vicio derivado de la ambición, que es, con moderación, una virtud. La arrogancia es un derivado del éxito, del que América ha tenido de sobras. Al producir locuras, en las que América ha incurrido demasiado, la arrogancia se corrige sola. Hay, sin embargo, una elevada matrícula que pagar por tal instrucción.