El problema de la inmigración ilegal saca al cardenal Mahony de sus casillas, que insinúa, como los defensores de los ilegales insinúan a menudo, que una ley destinada a reducir tal vulneración de la ley es "anti-inmigrante".
"Médico, cúrate a ti mismo", dijo el fundador de la iglesia de la que Roger Mahony es cardenal. Es el arzobispo católico de Los Ángeles y debe prestar atención a la advertencia del fundador antes de acusar a los habitantes de Arizona de no controlar su temperamento. Dice que la nueva ley de Arizona relativa a la inmigración ilegal implica "volver a las técnicas comunistas de Rusia y a la Alemania Nazi, donde las personas estaban obligadas a denunciarse mutuamente bajo cualquier sospecha de identidad".
"Nuestra prioridad más elevada hoy", dice, "es llevar tranquilidad y razón al debate de nuestros hermanos y hermanas inmigrantes". Su idea de razón tranquila es llamar a la nueva ley de Arizona para hacer frente a la inmigración ilegal "la ley anti-inmigrantes más retrógrada, mezquina e inútil del país". También dice que es "terrible", "abominable" y una "tragedia", y su hipótesis es que "los inmigrantes vienen a nuestro país para robar, saquear y consumir servicios públicos".
El problema de la inmigración ilegal saca a Mahony de sus casillas, que insinúa, como los defensores de los ilegales insinúan a menudo, que una ley destinada a reducir tal vulneración de la ley es "anti-inmigrante". La implicación es: dado que la mayoría de los estadounidenses piensa que tal vulneración de la ley debe combatirse, la mayoría de los estadounidenses están en contra de los inmigrantes. Esta difamación es desmentida por abundantes datos - las encuestas que muestran que los estadounidenses están decididos a controlar la frontera sur del país y a recibir a la inmigración legal en la misma medida.
Pablo, en su primera epístola a los Corintios, dice: "Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es la caridad". Mahony considera a los legisladores de Arizona y los electores a los que representan "mezquinos" sin ninguna caridad. Su supuesto evidente, muy común hoy en día, es que ciertas ideas no pueden ser consideradas por alguien inteligente de buena voluntad.
¿Pero a qué se refiere - a qué puede referirse - Mahony al afirmar que la ley de Arizona es "inútil"? Debe creer que no tendrá ningún efecto sobre la inmigración ilegal o bien que cualquier efecto que tenga carecerá de valor social. No puede saber con certeza ninguna de las dos cosas.
Los cómicos de medio pelo, trayendo a colación las películas de la Segunda Guerra Mundial en las que los oficiales de la Gestapo exigen "documentación", encuentran ecos del fascismo en la creencia de Arizona en que hay situaciones en las que los agentes del orden pueden pedir a alguien de manera razonable su documentación. El martes, Barack Obama, mostrando su desprecio por la profesionalidad y la naturaleza del agente de policía, decía: "Ahora de repente, si no llevas una identificación y llevas a tu hijo a comprar helados, vas a ser hostigado".
Hubo un tiempo en que los presidentes practicaban estándares más elevados que los comediantes. Los progres de hoy prefieren la indignación a la información, pero el letrado Obama tiene que saber que desde 1952 el código federal reza: "Todo extranjero, de dieciocho años de edad o más, deberá llevar en todo momento con él y en su poder alguna acreditación de entrada al país o permiso de residencia que le sea expedido".
En el debate de hoy, la cuestión capital es: ¿Debe tener el país leyes de inmigración? Hasta 1875, no hubo ninguna. Hay libertarios estrictos que consideran que no debería de haberlas. Pero la gran mayoría que no está a favor de la total apertura de fronteras considera que debería de existir alguna ley capaz de restringir quién puede ser residente, y es de suponer que crean que dichas leyes deben ser respetadas.
Una vez que los estadounidenses estén satisfechos con la seguridad de las fronteras, las políticas de inmigración que escojan serán reflejo de su sana aversión - y de la de los profesionales del orden público - a las medidas que serían necesarias para expulsar del país a los casi 11 millones de inmigrantes ilegales, el 60 ciento de los cuales lleva aquí más de cinco años. Harían falta 200.000 autobuses en una caravana de 2.700 kilómetros de largo para devolverlos a la frontera. Los estadounidenses no van a querer y no van a tolerar los métodos policiales que harían falta para reunir y deportar a una población equivalente a la de Ohio.
Mientras tanto, la histeria con el fascismo nacional no es útil, a pesar de que se trata de la tradición progresista. En su discurso del estado de la nación de 1944, Roosevelt identifica como fascistas a los detractores de su agenda nacional. Afirmando que su "único objetivo primordial" es "la seguridad", incluyendo la "seguridad económica, seguridad social, seguridad moral", decretaba una cruda advertencia: Las políticas progresistas de Woodrow Wilson se habían visto frustradas por la "reacción derechista" y "si la historia se repite y volvemos a la presunta 'normalidad' de los años 20 - entonces es seguro que aunque hayamos derrotado a nuestros enemigos en los campos de batalla del extranjero, nos habremos rendido al espíritu del fascismo aquí en la nación".
Los histéricos de hoy son poco originales. Pero aprendieron sus malos modales de un maestro.