¿Por qué eligió convertir una metedura de pata en una crisis de las relaciones norteamericano-israelíes el Presidente Barack Obama?
Y metedura de pata en toda regla: el anuncio por parte de un burócrata del Ministerio del Interior de la ampliación de un barrio judío del norte de Jerusalén. El momento no podría haber sido peor escogido: el Vicepresidente Joe Biden hacía escala, Jerusalén es un tema delicado, y no se habla de temas delicados que pueden avergonzar a un invitado de honor.
Pero no fue más que una metedura de pata. Desde luego no se traba de un cambio de política, y mucho menos de una traición. El barrio se encuentra en Jerusalén, y el acuerdo de 2009 entre Netanyahu y Obama estipulaba una congelación de diez meses en la construcción de los asentamientos de Cisjordania con exclusión de Jerusalén.
Tampoco fue intencionada la ofensa. El Primer Ministro Binyamin Netanyahu desconocía este trámite - el paso cuarto de un proceso de aprobación que consta de 7 fases para una construcción que, en el mejor de los casos, ni siquiera empezará hasta dentro de dos o tres años.
No obstante, el primer ministro es responsable. Pidió disculpas a Biden por el mal trago. Cuando Biden abandonaba Israel el 11 de marzo, las disculpas parecían aceptadas y el asunto cerrado.
Al día siguiente sin embargo, la administración pasaba a la ofensiva. Tras discutir con el presidente el lenguaje concreto que iba a utilizar ella, la Secretario de Estado Hillary Clinton llamaba a Netanyahu para trasladar el mensaje hostil y altamente agresivo de 45 minutos de que el incidente Biden había dado lugar a una crisis sin precedentes en las relaciones norteamericano-israelíes.
El portavoz de Clinton anunció entonces públicamente que Israel estaba obligado a demostrar de palabra y hechos su compromiso con la paz.
¿Israel? Los israelíes llevan buscando la paz - llevan muriéndose por la paz, literalmente - desde 1947, cuando aceptaron la partición de la ONU de Palestina en un estado judío y uno árabe. (Los árabes se negaron y declararon la guerra. Perdieron).
Israel ha hecho ofertas de paz en 1967, 1978 y en 1993 en los acuerdos de paz de Oslo que Yasser Arafat hizo pedazos siete años después de emprender una guerra terrorista que se cobró la vida de un millar de israelíes. Pero qué digo, el propio marido de Clinton da fe de la notablemente valiente y visionaria oferta de paz hecha en su presencia por Ehud Barak (actual ministro de Defensa de Netanyahu) en el 2000 en las conversaciones de Camp David. Arafat la rechazó. En el 2008, el Primer Ministro Ehud Olmert ofreció condiciones igualmente generosas al líder palestino Mahmoud Abbás. Rechazadas una vez más.
Durante estos largos y sangrientos 63 años, los palestinos no han aceptado una oferta israelí de paz permanente ni una sola vez, ni respondieron nunca con algo distinto a unos términos que destruyen Israel. Ellos insisten en cambio en un "proceso de paz" - vamos ya por el decimoséptimo año post-Oslo y todavía no ofrecen una promesa creíble de coexistencia final con un estado judío -- el fundamento del cual es obtener concesiones israelíes preventivas antes de empezar siquiera las negociaciones de una paz real, tales como la prohibición de la construcción judía en las partes de Jerusalén conquistadas por Jordania en 1948.
Con Obama, Netanyahu accedió a convencer a su coalición de centro-derecha de aceptar un estado palestino; retiró docenas de retenes y puestos de control anti-terrorismo para facilitar la vida cotidiana de los palestinos; asistió en el desarrollo económico de Cisjordania hasta el extremo de que su PIB crece al sorprendente ritmo del 7% anual; y accedió a la moratoria de construcción en Cisjordania, una concesión que la Secretario Clinton en persona consideró "sin precedentes".
¿Qué gesto de reciprocidad, y ya no hablemos de concesiones, ha hecho Abbás durante la presidencia Obama? Ni uno solo.
De hecho, mucho antes del incidente Biden, Abbás se negaba hasta a reanudar las negociaciones directas con Israel. Es por eso que la administración Obama tiene que recurrir a "conversaciones indirectas" - un procedimiento que nos hace retroceder 35 años hasta la rompedora visita de Anwar Sadat a Jerusalén.
¿Y Clinton exige que Israel demuestre su compromiso con la paz?
Desde luego eso es un insulto.
Entonces ¿a qué viene esta sorprendente parcialidad? ¿Se debe a que a Obama le gusta apaciguar a los enemigos mientras machaca a los aliados - por tanto Israel no debe tomarlo como algo personal (de acuerdo con Robert Kagan)? ¿Se debe a que Obama quiere derrocar al actual ejecutivo de coalición israelí (según Jeffrey Goldberg)?
¿O se debe a que Obama se jacta de ser el redentor histórico cuyo carisma irresistible cerrará la brecha entre el cristianismo y el islam o, si se quiere, entre el Occidente post-imperial y el mundo musulmán - y tiene poca paciencia con ese molesto estado judío que descaradamente insiste en su derecho a existir, y aún más descaradamente en permitir que los judíos vivan en su capital histórica, antigua y presente hoy?
¿Quién sabe? Tal vez deberíamos preguntar a los sicarios de Obama que garantizaban al 63% de estadounidenses que apoya a Israel - partidarios que en un 97% al menos, por cierto, no son judíos - el compromiso duradero del Obama candidato con Israel.