Si los Estados Unidos no resuelven el problema económico que los agobia, las crisis del Siglo XX parecerán juegos de niños. Y nadie diría que algo como eso pudiera ocurrir.
La vida sigue su curso, el golf nos entusiasma por los éxitos de Camilo Villegas, los políticos siguen diciendo sus disparates habituales y los fiscales buscarán Tirsos y Pitirris para que no pare la ronda de sus indignas persecuciones. Nada ha cambiado… Y sin embargo, la vida de este mundo puede desprenderse de sus goznes en cualquier minuto y lanzarnos al vacío.
Se necesitan US $ 700.000 millones. Que no es una cifra floja. Pero además se necesitan grandeza, voluntad de acuerdo, desprendimiento y otras cuantas cosas de ese estilo que son más difíciles de conseguir. Todos, en el fondo, quieren resolver el problema. Pero cada uno de los actores de este drama quiere ser el que diga la palabra perfecta, encuentre el camino adecuado y, lo más importante, cargue con la gloria del triunfo. Para peor desdicha, la cuestión se volvió asunto de votos.
La crisis mundial explota cuando cunda el pánico, es decir, cuando muchos lleguen a la conclusión de que la partida de insensatos que sigue jugando póquer con la vida del mundo, va a seguir cañando.
En ese momento, cuando todos quieran su dinero para guardarlo quién sabe dónde, y los precios de las acciones rueden por el piso y el oro y el petróleo y cualquiera otra baratija alcance valores de fábula, nadie recuperará la escena. Hasta este minuto, los mercados obran con prudencia, casi con estoicismo.
Pero falta muy poco para que pasen de nerviosos a anárquicos y ese será el punto de quiebre. La gran depresión no necesitó más que un día negro. Ahora, cuando trabajamos en tiempo real, a la velocidad de las computadoras, el pánico necesita mucho menos. Pueden bastar unos minutos.
Tal vez lo peor sea advertir que quienes tienen la última palabra están jugando a las elecciones y que entienden muy poco de lo que puede pasar. Dos candidatos peleando por una décima de encuesta, son individuos en extremo peligrosos. Pero hasta de ellos podría suponerse cordura. Mas hay a su alrededor una gentecita que infunde mucho miedo. La vida los puso de protagonistas de un drama demasiado importante y cada uno quiere lucirse, significar algo en la inquietante contabilidad de la hora.
En horas tan cruciales, no son pocos los que se entretienen señalando las causas del problema. Los banqueros se dedicaron a engordar sus balances con intereses glotones que pagaban deudores nada confiables. La construcción se disparó en EE.UU. hasta niveles nunca soñados. Dicen que el presidente Clinton impulsó la idea de que cada norteamericano tuviera su casa.
O una segunda si ya tenía la primera. Los bancos prestaban, recibían hipotecas y las negociaban en condiciones maravillosas. Los balances multiplicaban utilidades y al fin los presidentes ganaban bonos de locura.
Era el círculo de la felicidad plena. Lo malo es que ese círculo sólo pudo pintarlo el Dante. Las réplicas nunca funcionaron. Y un día cualquiera las hipotecas quedaron en puro papel y los bancos descubrieron que estaban quebrados. Y la nación más poderosa del mundo vino a darse cuenta, muy tarde, que la feria bancaria la tenía en ruinas.
Pero ahora no hay que llorar sobre leche derramada. La cuestión es muy otra. Y consiste, nada menos, en saber si nos ahogamos todos o si logramos sobrevivir. El Congreso de los Estados Unidos tiene la palabra. Para ser exactos, la última palabra. (El País)